
¿Por qué? ¿Por qué tuvo que ser a mi? ¿No podía ser otro?...
Eso era lo que pensaba Daniel todas las mañanas al levantarse de la cama y mirarse en el espejo, dónde se reflejaba su rostro, y sus orejas, pero eso no era lo peor, de fondo solo se escuchaban los gritos de su madre por los golpeos que su padre acometía contra ella; sí, eso era lo peor.
Daniel, o más conocido por sus compañeros, como "Dani el pampas", tenía 10 años, cursaba quinto de primaria en una escuela pública y pobre, muy pobre, o eso es lo que él siempre decía, en un barrio pobre pero feliz, muy feliz, así se consolaba el niño, con gente de todo tipo,pero más bien, era un barrio lleno de madres solteras y trabajadoras con algún que otro buen padre, pero pocos, la mayoría, por suerte, habían desaparecido del plano, pues ya estaban en la cárcel o a saber dónde.
El suyo se llamaba Gaspar, un hombre elegante y amable, o así era antes, pero poco a poco su fábrica se fue al traste, lo perdió todo, y como muchos otros ahogó sus penas en el alcohol. Fue entonces cuando empezó a descuidar su imagen y también a su familia, tanto que un día se marchó. Dejó solos a su mujer María, Daniel y Luna, la pequeña.
Después de unos años, tras ese largo viaje que tanto les costó superar al resto de la familia, Gaspar volvió, y esta vez, parecía que todo volvería a ser como antes. La esperanza, después de 2 años desaparecida, volvió a aparecer.
Pero Gaspar, escondía algo.
Al poco tiempo retomó sus hábitos amenazantes y abusantes hacía su mujer. En apenas un año era el vivo retrato del que se había marchado hacía 3 años.
Daniel todos los días rezaba a Dios, para que al despertar, esa cosa en la que su padre se había convertido no estuviera, que se hubiera marchado para siempre.
Con tan solo 10 años, Dani tenía que soportar los maltratos de su padre a su madre, los abusos psicológicos de sus compañeros a él mismo y la indiferencia de los profesores frente a estas actuaciones. Después debía llegar a casa, lavarla, cuidar de su hermana y dejar descansar a su madre, además de hacer todas sus tareas, pero eso lo dejaba para por la noche cuando su hermana dormía y su padre todavía no había llegado. Era tan doloroso... Luego tocaba rezar y esperar un nuevo día.
El pobre niño no le deseaba ningún mal a nadie, pero ¿por qué tenía que ser él y no otro?
Casi todos sus amigos se habían marchado, a otros barrios, con unos nuevos y mejores padres, con nuevos amigos y una mejor vida.
Pero a él no le había llegado, o al menos no todavía...